Conocer no es únicamente “saber”, si este saber significa olamente “tener conocimientos”. ¿Cómo conocer a alguien –cómo conocer a Jesús- si no es a través de la relación y el trato? El conocimiento verdadero está hecho de contacto, comunión y compañía. Y ése es también el auténtico saber, que no consiste meramente en tener información sobre algo. Así quiero conocer a Jesús y saberle, de modo que mi vida sepa más a Jesús y Jesús me sepa enteramente a Dios.
José Arregi
Hay preguntas, aparentemente sencillas, pero con un gran poder transformador, si somos capaces de planteárnoslas con sinceridad. Una de ellas es la que Jesús dirige a los dos discípulos del Bautista que le siguen: «¿Qué buscáis?».
Para nosotros el planteamiento podría ser éste: ¿qué es lo que andamos buscando cada uno tras el impulso de nuestros esfuerzos, proyectos humanos, luchas, aspiraciones y sudores?
En nuestros afanes, ¿buscamos lo que responda a nuestra propia identidad o andamos tras lo mismo que los demás? ¿Cuál es la última meta hacia la que dirigimos nuestros desvelos?
Probablemente, algunos nos hablarían de paz, de felicidad, seguridad, plenitud, amor, reconciliación total. Los hombres somos un deseo insaciable de algo que todavía no poseemos. Hay en nosotros algo que puja por brotar, desarrollarse y perpetuarse con fuerza y para siempre.
Esa aspiración profunda no se sacia con el dinero, con el sexo, con el poder, ni siquiera con el éxito. Siempre hay «un espacio vacío» que nos empuja a seguir buscando.
No deja de sorprender en nuestra sociedad occidental el número de jóvenes y adultos que se sienten atraídos por las religiones orientales. Hombres y mujeres que buscan en la oración, el silencio interior y la meditación, una experiencia que transfigure su existencia. Sin duda, se trata de una reacción vital frente a una civilización que adormece el vigor espiritual del hombre, y frente a una sociedad tan saturada de confort, conformismo y banalidad.
Y los cristianos, ¿buscamos algo? ¿Qué buscamos al creer en Jesús? Ciertamente, no es posible encontrarse vitalmente con Cristo desde una actitud de indiferencia, apatía e insensibilidad ante la propia vida y la de los demás.
